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El sueño que se va.

    El conjunto iconográfico que empleo en mi pintura ha evolucionado con pausada rapidez. Paradoja que se explica en los continuos avances y retrocesos que experimento en la búsqueda de imágenes simbólicas íntimas y personales. Cada día aparecen nuevos motivos, pero también se actualizan otros que ya habían sido utilizados.  Aquel universo vegetal y cósmico en el que convivían apaciblemente hojas y flores con objetos celestes y arabescos sinuosos se fue descomponiendo, pero, sin embargo, algunos de aquellos trazos nunca han dejado de acompañarme. Aquel universo vegetal y cósmico abandonó su carácter representativo para, después de sufrir una mutación, involucrarse activamente en la simple recreación plástica. Evolución en la que las referencias iconográficas se apartan de la representación para adquirir connotaciones estrictamente formales. Transformación en la que se evidencia una esquematización progresiva, con un relativo grado de abstracción.

   Los diversos elementos que navegan por el espacio plástico, podrían ser símbolos de imágenes mentales, residuos de ideas depositados en la memoria, conceptos relacionados con sensaciones afectivas.  Aerostatos, casas, arcos, escaleras, pueden ser signos que nos revelan experiencias vividas, o el resultado onírico de una imagen mental de la que no se sabe su origen. Símbolos y signos se repiten de manera esquemática en cada cuadro, una y otra vez, obsesivamente, repitiendo e insistiendo en las combinaciones, como queriendo atrapar un sueño que se diluye. Pero, a pesar del esfuerzo, la pintura huye hacia lugares no reconocibles, hacía espacios no abarcables.

   En la lucha sale reforzada la creación, que, cada vez con más persistencia conduce su mirada hacia el interior, hacia símbolos esenciales, despojándose de todo lo superfluo.



"Clamor de palomas". Acrílico sobre lienzo. 73x92. 2008.

 

Enrique Rodríguez Guzpeña