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GUZPEÑA |
| El silencio y la arcilla. Sobre la orilla se dispersa el silencio insinuando aldeas, al trote, dibujando bucles, tenaz, vacilante. La orilla sigilosa cabalga, exhala espinas como cuchillos bailando en los establos. Las hojas esperan la presencia de la muerte, se abrazan en los cajones humeantes, pálidas, sonando como agujas. Sobre el silencio se desparrama la arcilla esbozando tallos, despacio, en espirales, incansable, confusa. El silencio camina entre guijarros, arrojando algodones como dedales rezando en los cuarteles. Los retoños aguardan la llegada del lucero, se enlazan en las tejas heladas, turbados, sonando como tambores. Mañana de domingo, tal vez lunes, quizás martes, es igual, el día no importa. Es la hora, el sonido repetitivo de la campana indica que el inicio de la representación ritual debe comenzar. Por la cuesta del caño van desfilando los feligreses. Ciegos de fervor pretenden entrar en contacto con lo sublime. Hay que elaborar un altar, otro altar. El hacedor se enfunda el hábito, es el director que va trazando la ceremonia, coloca las piezas y no busca intereses ajenos a la salvación de su alma y la de sus parroquianos. Ni el dinero, ni la fama, ni la vanidad del aplauso son condicionantes que distraigan para la consecución del objetivo. Solo importa el ritual, la ceremonia que le permitirá entrar en trance, sentir el contacto de lo divino. El fin no es la vanagloria, el fin es la grandeza del espíritu. De nada sirve la reputación y la opulencia, la ceremonia que proyecte y el altar que construya no dependen de la riqueza tangible. La misión en la soledad del santuario es crear un paraíso, un espacio místico, sencillo, apacible, un lugar para la seducción. Los feligreses se van acomodando entre la hornera y la cuadra. De frente, la huerta con árboles frutales. El escenario bien iluminado, el sol penetra por una enorme cristalera. Va a comenzar la función siguiendo el precepto, no interesan otras cuestiones, ni políticas ni habladurías, solo interesa cimentar el altar. Suena el segundo toque de campana. Queda menos tiempo para el comienzo del solemne acto. Llegan los círculos y se colocan directamente en su lugar mientras los cuadrados, en el pórtico, esperan, discutiendo sus posiciones. Tarde o temprano tendrán que incorporarse en su zona en la posición más elevada y retrasada. Debajo de ellos, romboides, trapecios y rombos envejecidos. Los círculos ya se habían colocado en la parte media, a la derecha, primero los círculos con más líneas concéntricas, después alguna elipse. Los triángulos y los rectángulos corren para situarse lo más delante posible, triángulos a la derecha, rectángulos a la izquierda. Tercer toque de campana, hay que iniciar la ceremonia. El oferente corrige las posiciones y controla que todos estén en su sitio. Suena la música y siguiendo las órdenes del director cada partícipe emite un sonido que va variando y adoptando sentidos y matices diferentes dependiendo de lo que sucede a su alrededor. Poco a poco se elabora una sinfonía que en un momento preciso se detiene y se fija. El altar se ha completado y el resultado se custodia en el tabernáculo sagrado. El ritual ha terminado y los congregantes abandonan sus posiciones. Los cuadrados se mueven impacientes cansados de mantener la rigidez, es hora de refrescar los ángulos rectos en la cantina para no agarrotarse. Mientras, los círculos, se quedan junto a la hornera cantando y dando gracias por el fruto obtenido. Los triángulos y los rectángulos juegan entre ellos en la huerta y ensayan combinaciones de texturas, mientras ejecutan transparencias, inserciones y superposiciones. ![]() "El silencio y la arcilla". Acrílico sobre lienzo. 114x146. 2010. |
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Enrique Rodríguez Guzpeña |