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GUZPEÑA |
| La perversión del artista. Entre la gran variedad de discursos existentes en el mundo del arte contemporáneo, encontramos aquellos que tratan de poseer, o mostrar, al menos, un sentido de la conciencia. Intentan motivar a la reflexión sobre la naturaleza del ser humano y poner al descubierto los innumerables actos delictivos que éste ejecuta contra sus congéneres o contra el mundo. El arte manifiesta así una actitud belicista contra un patrón de sociedad asentado en el canibalismo y contra sus dirigentes carentes de una mínima sensibilidad ética. Hubo un tiempo de luchas, de reivindicaciones directas, de puestas de largo en las calles exigiendo el respeto hacia toda persona. Piedras, humo y olor a pólvora para introducir cambios estratégicos en lo político y económico, que devolviesen la dignidad a los olvidados, a los oprimidos y explotados. Los cambios se sucedieron, pero todo ocurrió en superficie, la gran merienda humana continúa. Progresivamente el artista combativo fue alejándose de la pintura, utilizada a la manera tradicional, explorando nuevos territorios a los que se pudiesen incorporar procedimientos más innovadores con los que intentar trasmitir de una manera más eficiente su mensaje. A la vez que nuevos recursos tecnológicos se incorporaban, se producía un desprecio por el valor comercial de los productos y una falta de adaptación e inconformismo que trajeron aire fresco. El arte no puede ser ajeno a los problemas del hombre y también tiene sus vías de protesta, la diferencia radica en que el artista utiliza en su discurso un contenido intelectualizado. El desagrado con el modelo social se manifiesta en las obras artísticas a través de sutilezas no exentas de complejidad, de ironías que sorprenden al espectador, de descontextualizaciones y de asociaciones visuales de contenidos no fácilmente comprensibles. La lucha en las calles, la militancia, el compromiso y la cooperación cuerpo a cuerpo se transforma a través del arte, en cuestionamientos reflexivos. Obras de no fácil comprensión para un público no preparado, que tratan de despertar nuestra conciencia y hacernos meditar sobre el sentido que hemos dado a nuestra vida, que pretenden mostrarnos la cara que gobernantes y economistas acostumbran a ocultar. El problema radica en como el artista puede hacer visible su queja, y que ésta sea efectiva, es decir, que sea conocida por el público y por el propio sujeto a quien cuestiona. De nada sirve gritar si nadie te oye. Para conseguir su objetivo, tiene que servirse de los medios dispuestos por el poder objeto de la crítica. Consigue así un estatus, un nivel de reconocimiento que le permite lanzar su protesta en un medio hostil para sus propias ideas. Se mueve como el funambulista que trata de mantener el equilibrio, debajo el abismo. El artista se ha adaptado a los modelos y técnicas establecidos y se ha integrado en las estrategias del poder. Adaptarse o innovar, se presenta la eterna duda a la que siempre se ha enfrentado, disyuntiva que ha perdido su sentido. Adaptarse e innovar son una única acción. La innovación como tal ya no es un acto revolucionario. La tecnología y la novedad por sí mismas ya no ejercen una función de reivindicación y de lucha. Su comprensión y conocimiento queda reducida a un ámbito muy pequeño, y lo más importante, la innovación se ha institucionalizado. Con ello ha pasado a ser un arma más del poder, aunque no entienda su funcionalidad y significado. Quizás este sea el milagro del artista o, tal vez, la muestra de su perversión. Trabajar desde dentro del sistema, utilizando sus recursos, nutriéndose de su dinero, enmarcando las obras en grandes edificios ejemplo de la exaltación de la riqueza y siendo alabadas por los mismos órganos políticos y económicos, convierte a la protesta en un acto heroico, en una especie de juego de prestidigitador, o también, en la más miserable de las perversiones. ![]() "El rechazodos". Acrílico sobre lienzo. 162x146. 2009. |
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Enrique Rodríguez Guzpeña |