SIN AMOR NO SOY NADA.
El hombre es una obra fabulosa de la naturaleza, un universo de poesía, una amalgama de matices. El artista debe ser corresponsal, transmisor de la riqueza que atesora el interior del ser humano. Hacer posible lo imposible a través de el amor por la vida. La capacidad de pensar y el amor son las armas más poderosas, capaces de derribar cualquier muralla, de rescatar al hombre del vacío, del dirigismo, de la vacuidad, de la especulación. Lo imposible debe ser realizado. El artista es poseedor de una misión que nada tiene que ver con el divertimento, con la ocurrencia. Una tarea trascendente que traspasa los límites de la realidad y mantiene un diálogo constante con la ilusión de lo real.
Uno de los peligros en los que puede caer el artista es verse abocado a un agotamiento creativo, a una falta de recursos con los que encontrar salidas y rumbos y que tracen un proceso evolutivo coherente. El artista debe marcar su territorio artístico, delimitar sus márgenes y asumir una serie de pautas y estrategias que permitan, con un espíritu investigador, crear en un espacio personal, diferente y nuevo. Delimitado el territorio y establecidas las estrategias, la obra de arte se va construyendo sobre unos cimientos sólidos que, unido a una búsqueda permanente, son el fundamento de la expresión artística.
Cimientos y armazón, un esqueleto sobre el que la obra de arte descanse y se mueva. Un esquema que de unidad a la obra y que, a su vez permita la variación en el elemento individual, consiguiendo con el paso del tiempo una sucesión de peculiaridades que darán como fruto una obra definida. Pero además nuestro trabajo debe estar dotado de otro elemento importante, que es la atmósfera en la que se desenvuelven los diversos elementos. Atmósfera que tiene que ser algo más que el espacio donde habitan las formas, algo más que un mero decorado accidental. No se pueden separar las formas y el espacio, en realidad son lo mismo y conviven juntas en beneficio de la obra.