EL SUEÑO QUE SE VA.
El conjunto iconográfico que vuelco en mi pintura ha ido evolucionando con pausada rapidez. Paradoja que se explica por los continuos avances y retrocesos que experimento en la búsqueda de los diferentes elementos que caracterizan mi obra. Cada día surgen nuevos motivos, pero también se actualizan algunos que ya habían sido utilizados. Aquel universo vegetal y cósmico en el que convivían apaciblemente hojas y flores con objetos celestes y arabescos sinuosos, se fue descomponiendo vertiginosamente, pero nunca ha dejado de acompañarme. Aquel universo vegetal y cósmico sólo abandonó su carácter representativo para, después de sufrir una mutación, involucrarse, más si cabe, en la pura recreación pictórica.
Esa mutación ha transformado las referencias iconográficas de los variados elementos en connotaciones estrictamente plásticas, con lo que la construcción de las escenas ya no se fundamenta en la representación; se trataría de realizar una esquematización progresiva, con un relativo grado de abstracción.
Los diversos elementos que navegan por el espacio plástico, son símbolos de imágenes mentales, ideas, trozos depositados en la memoria, conceptos relacionados con sensaciones afectivas que se llevan en los genes. Aerostatos, casas, arcos, escaleras, son símbolos que no revelan experiencias vividas, son el resultado onírico de una imagen mental de la que no se sabe su origen. Se repiten de manera esquemática en cada cuadro, una y otra vez, obsesivamente, como queriendo atrapar un sueño que se diluye. La idea de atrapar un sueño obliga a repetir, a insistir en las combinaciones, pero, a pesar del esfuerzo, la pintura huye hacia lugares no reconocibles, hacía espacios no abarcables.
De esta lucha, sin duda, sale reforzada la creación, que, cada vez con más insistencia conduce su mirada hacia el interior, hacia símbolos esenciales, despojándose de todo lo superfluo. Y, sobre todo, sale reforzada la pintura.