DINAMISMO POÉTICO.

 

Si pudiéramos dar vida y dotar de movilidad a los mecanismos que Guzpeña construye en sus obras, éstos tendrían un dinamismo desconocido y emitirían sonidos nunca antes escuchados. Las máquinas activarían sus engranajes con cadencias sutiles y desaceleradas. Realizarían movimientos extraños y ambiguos mientras que habría que afinar el oído para percibir el susurro constante que produciría su maquinaria. Esta delicada arquitectura fabulosa nunca tiene un aspecto estático y rígido; posee el encanto de lo quebradizo, como si sólo pudiese resistir una contemplación breve, una mirada huidiza. Edificaciones efímeras, levantadas para transitar a su lado con paso sereno, conteniendo la respiración para no dañar su equilibrio.

 

Los artificios que el artista construye con la paciencia de un alquimista están dotados de la serenidad que precede a la acción. Su aparente lógica contrasta con la fragilidad que se crea en el equilibrio mantenido en un juego de pesos y contrapesos. Elementos artificiales, nacidos en la mente del pintor, a los cuales no podemos otorgar una función en el mundo real, ni siquiera imaginar un sentido utilitario, pero que, con toda seguridad, esconden códigos secretos inherentes a la extraña lógica de su construcción y necesarios para el detenido movimiento de sus formas.

 

Las pinturas de Guzpeña no tratan de reflejar el mundo que nos rodea, aquello que vemos, sino otra realidad producto de la imaginación. Al tratar de expresar esa visión interior sus obras presentan retazos de formas conocidas. Las formas, carentes de elementos anecdóticos que las identifiquen claramente, siempre mantienen el recuerdo de una estructura reconocible. Pero más allá de la posibilidad de reconocimiento de un determinado motivo figurativo, el sentido global de la imagen siempre queda determinado por la multiplicación de formas geométricas y orgánicas ligadas por líneas rectas, casi estructuras tubulares que actúan como lazos comunicantes. Líneas que actúan como los límites que sujetan una piel rotunda, dueña de un cromatismo que sólo es matizado por sutiles devaneos de luces y sombras.

 

La obra de Guzpeña ha ido evolucionando a partir de unos esquemas recurrentes que el artista ha sabido variar de manera acertada. De este modo, y pese a la proximidad formal de sus composiciones, cada una revela un recorrido único e intransferible. Sin un centro claro al que apelar, la mirada del espectador dibuja los caminos que generan las formas y los intervalos vacíos que entre ellos se establecen. El artista no busca la secuencia lógica. La belleza surge de una libertad que es ordenada con un rigor que tiene como referente la evocación.

 

Las formas en suspensión estable que nos propone Guzpeña, se constituyen como planos geométricos. Pero aquí los elementos geométricos y las organizaciones rítmicas parecen servir a la representación de una escena, de un acto. La geometría se convierte en continente de la representación ceremonial, sirve a la representación ritual, a crear una música en la que cada línea es un sonido. La creación de patrones geométricos que se repiten con insistencia tiene que ver con un sentido diferente de percibir y entender lo que sucede a nuestro alrededor.

 

Qué extraña turbación experimentarían viajeros o máquinas inteligentes provenientes de otros mundos, si tuvieran que analizar los resultados constructivos ofrecidos por Guzpeña. Como nosotros tratarían de establecer un patrón para determinar la naturaleza de lo indescifrable. Pero no hay modelo que sirva. No hay interpretación posible, ésta se encuentra en las múltiples reacciones que la arquitectura del cuadro convoca en el espectador.

 

El acierto de esta pintura se encuentra en la variedad de recursos formales y compositivos, en la fecunda imaginación que los impulsa y en una técnica precisa. Pese a la frialdad que pudiera reflejar este panorama plástico, Guzpeña consigue un sabio tratamiento del color que impregna y cautiva la mirada del espectador.


VOLVER