UNA CHARLA AL CALOR DE LA MONTAÑA.

ENTREVISTA CON GUZPEÑA.

 

 

Me acerco al lugar de la cita, voy a disfrutar, en torno a una mesa, de las buenas costumbres montañesas, mientras hablo sobre arte y conozco un poco mejor el trabajo creativo de Enrique Rodríguez, “Guzpeña”, pintor que esta intentando hacerse un hueco dentro del complicado mundo de las artes plásticas. Enrique tiene en la actualidad su estudio en Almanza, villa a orillas del Cea. Después del saludo, acariciados por el sol de la tarde y en compañía de un buen vino…

 

Enrique es natural de Prado de la Guzpeña, pueblo situado a la sombra de Peñacorada. No recuerda cuando comenzó a pintar, quizás, por que eso no se recuerda, que dibujar es algo natural y que los artistas no tienen nada de especial, salvo que nunca perdieron su tendencia natural a llenar de garabatos y colores la pared más cercana.

 

Nos encontramos a final de siglo con un panorama artístico, cuando menos, abrumador, en el que no siempre es fácil domesticar nuestro intelecto para situarnos estéticamente aquí o allá. Vivimos una época de continua búsqueda, con hallazgos sorprendentes, época, aparentemente de desconcierto en la que no se aprecian los puntos cardinales. El abanico de artistas y de tendencias plásticas es muy amplio. Parece que no se puede concebir el panorama artístico como en otras épocas, el mundo cada vez es más pequeño y todo se interrelaciona y todo tiene validez.

           

Enrique  comenta que el desconcierto que parece presidir el arte de fin de siglo es solo aparente. Es excelente que exista tanta libertad, tantas ganas de expresarse, que no tengamos ataduras o cortapisas a la hora de crear.

 

Pero, si todo vale, como  puede  situarse un pintor, cuando lo que parece destacar es el montaje más espectacular, o el más grosero, cuando parece que la obra bien hecha es lo que menos importa.

 

“El único camino posible es el de la sinceridad con tu trabajo y contigo mismo. El desconcierto en el mundo del arte lo provoca el que trata de imponer una estética concreta, sea del signo que sea, figurativa, abstracta o conceptual. Existen fenomenales artistas figurativos, excelentes pintores abstractos y magníficos profesionales que realizan montajes conceptuales. También es verdad que hay mucho personaje que se arrima al sol que más calienta y renuncia al conocimiento de su propio carácter.”

 

Me convence que es importante que exista una amplia gama de posibilidades. Que nadie debe imponerse sobre nadie, ni decidir que es lo bueno o lo malo.

 

“Resulta evidente que el espectador, normalmente, no es un erudito en teorías plásticas o en conceptos artísticos, y tampoco es necesario que lo sea para poder disfrutar de una pintura o de una obra de arte.  Para disfrutar de la pintura sólo hay que usar los sentidos, olvidarse de prejuicios, que sí figurativo, que sí abstracto; y abrir de par en par las sensaciones, disfrutar del color, de la textura, de las líneas. La pintura no se disfruta pensando en lo que representa o la fidelidad con la que muestra un paisaje, para eso tenemos la fotografía, la pintura tiene entidad por si misma.”

 

El observador de los cuadros de Enrique no precisa de razonamientos, Enrique no hizo sus pinturas para que el espectador realizase un análisis formal, se hicieron para recrearse en ellas, piden una apreciación instintiva, natural. Observa y disfruta, mira, busca y acaricia una imagen.

 

La conversación con Guzpeña va discurriendo cada vez con mas animosidad, macerada con un buen vino de tierras leonesas y un chorizo montañés, mientras es sol poco a poco se va escondiendo

.

Parece ser que, para un pintor, lo peor es tener que hablar de sí mismo. Enrique trata de acercarnos a su pintura describiendo la sensación que producen sus cuadros, sensación de hallarse en un mundo ilusorio, irreal, plagado de líneas, formas, estructuras y construcciones envueltas en un sinuoso viento. Los elementos adquieren extrañas formas, como habitantes de un paisaje fantástico. El espacio en el que se mueven es completamente abstracto, mancha y textura definen un ambiente sin profundidad, pero cargado de abundante textura.

 

La noche se ha deslizado sigilosa y sin enterarnos las primeras estrellas aparecen adornando las siluetas de las montañas. El humo y el picor de las gijas aceleran el ritmo de la conversación.

 

Cuando trato de encasillar su pintura en una determinada tendencia plástica y Enrique me corrige rápidamente. No cree que sea posible adscribir su obra a ninguna tendencia, y además piensa que no conviene hacerlo. En los tiempos que nos ha tocado vivir el artista tiene que rescatar al individuo, exteriorizar vivencias personales y acercarse al conocimiento de la propia persona.

 

“Mi pintura ha bebido de muchas fuentes y en mis cuadros podemos encontrar detalles que parecen copiados de otros artistas o sacados de anuncios o carteles”.

 

Pero no se trata de copiar, las imágenes brotan solas. El artista, como toda persona es fruto de su pasado, de todo lo que ha visto y de todo lo que vieron sus antepasados; vivencias y sensaciones que nos han trasmitido en lo más profundo de nuestras entrañas con el devenir de las generaciones. Todo sirve de inspiración, la pintura se crea como la tierra, por un proceso de sedimentación, un baúl de objetos, ideas y trozos depositados en una memoria colectiva. Todo es propio y personal, pero nada pertenece al artista al completo. El origen no esta en un único punto, en una mirada. ¿Cuántas conciencias son necesarias para forjar la mano del artista? ¿Dónde buscar el germen de una imagen simbólica, de un movimiento gestual? La creación es el resumen de todos los ojos y todas las manos que ven y crean, que vieron y crearon. La creación es un hecho íntimamente colectivo.

 

“Quien  puede considerarse tan original que diga por ahí que no debe nada a nadie. Aunque viviese desde su nacimiento en una isla desierta,  llevaría en los genes las sensaciones de todos los antepasados.”

 

“Creo que he llegado a desarrollar una forma de pintar bastante personal, se podría reconocer una obra como mía con bastante facilidad”.

 

Los vapores del orujo y el olor a café atrapan el fluir de los pensamientos haciéndolos revolotear alrededor de nuestras cabezas.

 

Sobre la evolución de su pintura señala nuestro amigo pintor que siempre ha valorado como más importante la experimentación y el trabajo continuado. Recuerda aquella frase pronunciada por un gran pintor que comentaba “ cuando la inspiración venga a visitarme quiero que me encuentre trabajando”. Llegar a definir un estilo personal y sentirse seguro de hacer lo que siente, sin doblegarse ha otros intereses, no ha sido fácil. Pintar es siempre una pelea, un parto difícil. Cada cuadro, no es solamente una madera o un lienzo lleno de colores, es un trozo de artista, un trozo de personalidad y de pasión. Guzpeña manifiesta tener la sensación de que cuanto más avanza, más cree que le queda por hacer, más posibilidades que probar, más mundos que explorar. No es bueno lanzar el ancla y sentarse en un confortable aire cálido para explotar las cien mil variaciones posibles a una idea. Pero avanzar es un camino de lento recorrido, en el que no conviene tener prisa, ni tomar atajos.

 

VOLVER