SÓLO EL ARTISTA ES DUEÑO.
Nada más que dejándonos abandonar a la libertad de la imaginación podemos encontrar el camino hacia el conocimiento íntimo de la persona. El poder de la imaginación nos desvela lo primigenio, nos conduce hacia el origen, hasta la niñez.
La infancia posee el arma poderosa de la libertad, de la creación desinteresada, del disfrute momentáneo con la ilusión que no tropieza con los límites de la razón. La libertad de la imaginación, desencadenada del miedo a la locura, trata de construir una realidad nueva, un mundo maravilloso, propio, personal.
De esta manera se conciben estas pinturas, en las que se muestra un mundo onírico, del que sólo el artista es dueño, pero que sin embargo, resulta cercano a quien lo observa. Y es que, guste o no, estas pinturas se desvelan como próximas.
La pintura debe ser contemplada con el espíritu de quien no busca lo lógico, se ha de captar con naturalidad, recreándose en ella. El espectador debe buscar la sintonía con el artista a través de sus propias sensaciones.